
Este fin de semana no he pronunciado ni una palabra ni compartido con ni un mortal. Desesperante a ratos. Ahora puedo hablar con propiedad sobre lo qué significa la soledad. Y no confundan con que haya estado sola y sin hablar. Es más allá. Una abstracción. Y la verdad es que me agradó aprender esta lección, esta realidad palpable. Sabré qué seguiré siendo la misma, a pesar que haya un silencio acumulado, que no hayan espejos o que se me apague la tele con cuática. Sabré distinguir una palabra de otra y su verdadero valor. Aunque no fui creada para callar, a veces uno quisiera quedarse callado un buen rato. Que la ciudad entera se callara, que el celular no sonara, pero siempre hay algo que lo impide. Como cuando tropezamos con la esquina de la mesa y lanzamos un grito de la puta madre que nos recuerda que aún tenemos cuerdas vocales. Lo agradezco. Y es bueno revelarse contra el griterío, contra ese palabrerío sin fin.
La soledad llega de pronto. Después de un pololeo extremadamente largo -como el mío- o de una asesinato injustificado. Cae sin aviso, directo a los ojos, encandila primero y deja ciego después. Y, entonces, uno se rinde. Algunos se emborrachan, otros engordan a morir. Yo empecé a fumar hace un buen rato. Si esto le preocupa a alguno, como dice Bill Hicks, le sugiero que mire alrededor al mundo en que vivimos y que cierre la puta boca. Pero, como una vez leí en una revista de esas bien misticas, para llegar a ser adulto hay que atravezar alguna vez el desierto. Lamentablemente, fomentamos la inmadurez hasta grados dramáticos. Nadie se forma sus propias ideas. El que grita más fuerte impone su dogma. Unos o dos piensan por el resto y el resto mira el show. Están seguros de que, aunque todo cambie, nada va a cambiar. Y, curiosamente, están en lo cierto. Nada cambia.
Obra: "Take Back", Greg Gossel.

