sábado 29 de septiembre de 2007
sábado 22 de septiembre de 2007
Bienvenida Primavera

Por fin llegó la primavera.Todo el año la estuve esperando. Es que acá en el sur se echa de menos siempre. Porque vivimos en un eterno y gris invierno. Estoy muy feliz, aunque afuera diga lo contrario y se mate lloviendo. No sé si lo habrán notado pero en esta fecha las mujeres andan más sueltas que nunca y los hombres más calientes. Por eso disfruto de la primavera- que, según mi opinión, no tiene nada que ver con el romanticismo con que la tiñen. Estupidez que inventa la gente ociosa, preocupada en igual dosis de los suicidios primaverales. Otra estúpidez. Como uno de los poemas cursis del gordo y exuberante Neruda que dice:"Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera".
Dejando a un lado al Dios de las letras chilenas y su cursilería, hoy es un día ideal para encender la radio a todo volumen, escuchar a Siouxsie and The Banshees y olvidarse de todo. (Mientras esto ocurre, me entero que Chespirito, la Chilindrina, la Bruja del 71, Quico y el Profesor Jirafales carreteaban con los narcos del cartel de Cali, en la época en que eran felices siendo amigos. Ahora entiendo el por qué lo eran).
Y terminó el 18...
lunes 17 de septiembre de 2007
sábado 1 de septiembre de 2007
Una historia real

Conocí a José un día de julio. Cuando yo jugaba a ser detective policial, tratando de explicar ese mundo inexplicable y tenía como amiga a una paca, ultra moralista y fiel a su cabo. Una mina facha que soñaba con conocer en persona a la Paty Maldonado y la Lucía Hiriart. Un asco de persona. Nada distinto a cualquier uniformado de Chile. Ese día andábamos en un control de rutina y recibimos un llamado de un hombre, de 49 años, muy tímido. Era José. Un tipo feliz y exitoso hasta hace dos años. Tenía una linda casa, con un inmenso patio y una gran piscina, dos autos y dos notebook conectados a Internet. Le iba bien en su pega como ingeniero y lo llamaban por teléfono mujeres rubias, con harta silicona y dispuestas a todo, con las que más de una vez se fue a un motel. Era un winner. Y disfrutaba de serlo. Por qué no, si toda la vida había sido un negro chico y guatón, a quien nadie pescaba ni pa’l webeo. La única que sí lo aguantaba era su esposa María, con la que vive hace 22 años. Pero nadie más. María es la típica dueña de casa, que anda con el plumero todo el día y vive conectada a la galaxia televisión, pendiente de los des- amores de Pasiones y los chicos de Rojo. Es una vieja desarreglada, gorda, chascona y dientes amarillos. Indeseable total. Sin embargo, hace justamente dos años, era una señora que iba al gimnasio a menudo, al shopping y hacía dietas (la del astronauta, era su preferida). No era bella, pero sí lo suficiente para calentar todas las noches a José. En sus encuentros hacían de todo y no había cama que aguantara sus acrobacias. “Éramos una bomba. Si nos llegaban a salir chispas. ¡Calientes totales!”, rememora José. Un día para otro, como una especie de maldición inexplicable, le empezó a ir mal en la vida. Los 20 kilos que había perdido, en su época de mayor bonanza, los recuperó en menos de un mes. Su trabajo empeoró, lo suficiente para que lo echen. Las mujeres rubias, con harta silicona y dispuestas a todo, nunca más lo llamaron. Su esposa se puso a engordar como bestia y se hizo una adicta al sexo y a películas porno chilenas. Incluso soñaba con ser Reichel, la pornostar de factura local. Se encrespó el pelo para parecerse más a ella y se vestía como una verdadera bitch. Él, en cambio, perdió el apetito sexual y comenzó a rechazar los encuentros acrobáticos con su mujer. No quería estar al lado de una obesa que se creía y vestía como pornostar. “Para eso mejor me arriendo una película triple equis ,donde aparecen minas ricas que te calientan con sólo mirarlas”, reflexionaba José. La verdad, es que ni eso lo calentaba. Aproblemado, con menos plata, kilos de sobra, más loser que nunca, con una vieja pornostar en la casa y sin apetito sexual, debió enfrentar su nueva vida. Una noche llegó a su casa y para variar su mujer lo esperaba, con la intención de poner en práctica sus clases de sexo televisado. Él, como ya se había vuelto una costumbre, no la tomó en cuenta, siguió su camino, después que ella lo insultara y le sacara en cara su hombría. “¿Acaso te gustan los hombres?, ¡Maraco de mierda, poco hombre! No voy aguantar que me corten el agua de un día pa otro. ¡Noo, imbécil asexuado!, le gritó en su cara. José, con una tranquilidad envidiable, hizo oídos sordos y se fue a dormir. Su mujer, que tenía entre ceja y ceja tirárselo y rememorar esas noches de acrobacias, una noche lo abordó y no lo dejó huir. Le pegó un puñetazo en la cara con sus uñas recién pintadas de rojo pasión y le clavó un zapato aguja en la guata. No contenta, le bajó los pantalones, se abalanzó encima de él y obligó a penetrarla. Mientras se lo violaba, le repetía lo poco macho que era y aúllaba como perra en celo. José, en cambio, no atinaba a hacer ni decir nada. Estaba helado, perplejo, humillado, minimizado, indefenso. María no saciada, lo volvió a hacer de nuevo. Una y otra vez. Hasta el día de hoy lo sigue haciendo. Sin parar. Y cada vez, está más perra e insatisfecha. Ahora ella se jacta de tener sexo todos los días y de ser una winner total.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


